El estallido de la guerra civil y las obligaciones familiares -de su matrimonio con Helena París nacieron once hijos- hicieron que se pueda hablar de un antes y un después en la trayectoria musical de Manuel Blancafort. A partir de aquel momento, su carrera fue mucho más lenta y tuvo que compaginar su pasión por la música con varias ocupaciones. Así, primero montó una fábrica de productos de belleza, Perfumes Blancaflor, y más tarde un laboratorio de lápiz de labios y cosméticos, con tal de asegurar la supervivencia de su familia a aquellos tiempos de penuria económica. El “modus vivendi” del compositor ?tal y como explica él mismo- había cambiado para siempre.
Manuel Blancafort y su numerosa familia vivieron en La Garriga hasta el final de la Guerra Civil, momento en que decidieron instalarse en una casa en el barrio de Sarrià de Barcelona que fuera lo suficientemente grande para acoger al matrimonio y toda la descendencia. Durante estos años de posguerra encontramos un Blancafort repartiendo su tiempo entre las obligaciones familiares, el trabajo (también trabajó en una compañía de seguros y en la editorial Ariel, dónde finalmente se jubilaría) y su gran pasión: la música. Amante desde joven del silencio y el retiro, Blancafort dispone en la gran casa familiar de Sarrià de un estudio (casi un reducto?) que le permite refugiarse del bullicio cotidiano y dedicarse a la composición. Sistemático, minucioso y riguroso hasta la obsesión en su actividad musical, Blancafort fue un hombre profundamente católico y de una gran rectitud moral en sus convicciones. Estas características personales no impidieron, no obstante, que fuera una persona de talante muy abierto: fue siempre un gran conversador y una persona interesada por todos los temas. Además, su vocación creativa se materializó en otros campos del arte: pintaba y escribía poesía.